viernes, 1 de junio de 2007

Lección

“Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma“
“Tengo un sueño“ discurso pronunciado el 28 de Agosto de 1963 por Martin Luther King, Jr.

En estas últimas semanas había perdido la fe. Había llegado a la penosa conclusión de que no tenemos nada que hacer. Me encontré de repente en la más pura indefensión aprendida: concluí que nada de nuestras conductas controlaba lo que nos ocurre. Llegué incluso a mostrar la parálisis que los perros en los experimentos de Seligman evidenciaban cuando se los sometía a pequeñas descargas eléctricas de las que no podían escapar. Además de la parálisis, de la ausencia de respuesta, también empecé a ver cómo mis creencias se me desmoronaban como un castillo de naipes. Empecé a pensar que la salida “debía“ ser violenta, que tras los atropellos y la ya espantosamente evidente complacencia de todos los poderes del estado con y para el proyecto político del presidente Chávez no quedaba más que cerrar los ojos y rogarle a alguien que pusiera una bomba, que lanzara una piedra, alguien en definitiva que se rebelara a la fuerza y que impusiera su idea (y la mía) sobre la de ellos. Caí sin remedio en el pensamiento maniqueo que el gobierno nos ha querido imponer y pensé que ése era el juego que estaba planteado y que había que jugarlo. Pero súbitamente, casi como por sorpresa aparecieron ellos, con sus carnets electrónicos y sus mochilas, y me dieron una de las más sonoras cachetadas que he recibido en mi vida. De golpe y porrazo me regresaron mis creencias, aquellas que tanto defendí cuando como ellos, ocupando el cargo de representante estudiantil ante el consejo de escuela de la escuela de psicología, defendía la no violencia y el diálogo como las únicas salidas para el conflicto político producto del paro petrolero que ya empezaba a hacerse inmanejable. En aquel entonces tan reciente recibí varias veces el mote de chavista, por pedir una y otra vez que saliera de las universidades las respuestas que le corresponden: concertación, análisis, pensamiento, diálogo.

Yon, Stalin y los miles de muchachos que se han plegado bajo la consigna “no somos políticos, somos estudiantes“ nos han dado a todos una lección de altura y madurez que buena falta nos hacía. Nos enseñaron que se puede ser dignos y pacíficos sin que por ello se ceda un milímetro en la lucha por los derechos fundamentales que todos tenemos. Nos recordaron aquellas gestas heroicas del Dr King y su apoyo a la decisión de no usar el transporte público que discriminaba a los negros y de Ghandi protestando pacíficamente contra los atropellos británicos. Pero sobre todas las cosas, le enseñaron a un gobierno ciego y totalitario el inmensísimo poder que tiene la palabra. Ante la grosera e infantil descalificación de la que fueron objeto por parte de los obtusos y lamentables diputados que hoy manejan los piolines (los pocos que les quedan después de delegarlo todo al Sr. Presidente) del poder legislativo, se plantaron con hidalguía e independencia a pedir una simple pero muy poderosa rectificación. La manera como se expresaron, la contundencia con la que respondieron a todas las inquietudes de los periodistas (sobretodo cuando aclararon que no quieren tumbar gobiernos ni convocar paros) y la altura de sus peticiones fue demasiado para este gobierno que sólo sabe moverse en el conflicto, con la amenaza como herramienta fundamental. Tan poderosa fue su manifestación de humanidad y civismo, que el gobierno sólo pudo esgrimir como respuesta a sus peticiones una serie de cobardes negaciones escudadas bajo centenares de policías y militares. ¿Quién necesita cuadrillas de policías antimotines para recibir a un grupo de estudiantes cuya única petición es no ser menospreciados ni discriminados en su derecho a protestar?

Es claro: este gobierno busca reducir todo al conflicto, a la guerra ficticia entre pobres y ricos. Si se los saca de ese terreno y se los coloca en el terreno de la inteligencia y la dignidad, quedan mudos, desarmados y atemorizados.