domingo, 19 de agosto de 2007

Nuestras luchas con la hidra


He venido pensando mucho sobre el asunto de la identidad estos últimos días, un poco por trabajo, otro poco por psicólogo reincidente y otro poco por curiosidad. Y es que en este mundo fragmentado que vivimos, la identidad está pasando cada vez más a ser un tema central. Soy de los que piensa, no sé bien por qué, que la búsqueda incesante de una identidad coherente es lo que hace al mundo girar, haciendo que buena parte de nuestro comportamiento esté movido por esa necesidad. Ojo que hay una trampa en la palabra coherente, porque no quiere decir, a mi entender, una identidad única, sólida, con sentido. Es quizá una coherencia personal, muy postmoderna, que le de sentido a la vida que nos tocó en suerte en este maremoto informativo que es hoy el planeta tierra.

Es así que, a veces sin desearlo, me tropiezo una y otra vez con el fulano tema, y lo que me lleva a escribir estas líneas es el haberlo hallado en uno de mis constantes regresos a Julio Cortázar.

Uno de sus libros más lúdicos (si es que alguno no lo es), Un Tal Lucas, tiene como primera pieza “Lucas, sus luchas con la hidra” en el que se puede leer lo siguiente:

Ahora que se va poniendo viejo se da cuenta de que no es fácil matarla.
 Ser una hidra es fácil pero matarla no, porque si bien hay que matar a la hidra cortándole sus numerosas cabezas (de siete a nueve según los autores o bestiarios consultables), es preciso dejarle por lo menos una, puesto que la hidra es el mismo Lucas y lo que él quisiera es salir de la hidra pero quedarse en Lucas, pasar de lo poli a lo unicéfalo. Ahí te quiero ver, dice Lucas envidiándolo a Heracles que nunca tuvo tales problemas con la hidra y que después de entrarle a mandoble limpio la dejó como una vistosa fuente de la que brotaban siete o nueve juegos de sangre. Una cosa es matar a la hidra y otra ser esa hidra que alguna vez fue solamente Lucas y quisiera volver a serlo. Por ejemplo, le das un tajo en la cabeza que colecciona discos, y le das otro en la que invariablemente pone la pipa del lado izquierdo del escritorio y el vaso con los lápices de fieltro a la derecha y un poco atrás. Se trata ahora de apreciar los resultados.

Lucas, pobre, lucha igual que nosotros con esa hidra en la que nos vamos convirtiendo cada vez que se nos antoja algo nuevo, o nos hacemos fanáticos de algún producto (a mi me pasa con las Mac y su inmensa carga de identidad, que mi ingenuidad y resignación han decidido abrazar completamente), nos empatamos en la nueva “onda”, nos declaramos a favor de algo y en contra de su opuesto (a veces ni eso logramos y estamos a la vez a favor y en contra de lo mismo, habrase visto).

El truco, probablemente, es saber que está bien ser una hidra de siete o nueve cabezas y que es hasta divertido poder moverse del positivismo al arte pop, del barroco a spider – man, sin que se nos mueva un pelo.
Cerremos este post con algo más del enormísimo Cronopio.

En el espejo del baño Lucas ve la hidra completa con sus bocas de brillantes sonrisas, todos los dientes afuera. Siete cabezas, una por cada década; para peor, la sospecha de que todavía pueden crecerle dos para conformar a ciertas autoridades en materia hídrica, eso siempre que haya salud

7 comentarios:

Ormuz&Ahirman dijo...

Estimado psicologo, publicista, hijo, hermano, esposo, niño, adolescente y rebelde sin causa, jefe, empleado, profesor, estudiante.... he contado al menos 10 cabezas en tu Hidra....
Solo espero que no sean un par por cada década como dice Cortázar.
Creo, a reflexión personal, que el reto no esta en cortarlas, y querer ser estructural y mentalmente coherente, sino en tratar de que, a través de un solo e ingrimo cuerpesillo (mas o menos grande o chico en los diferentes especímenes)logremos dejarlas experimentar y expresarse día tras día!!!
Allí mi estimado creo que radica el problema, como es más difícil multiplicar el cuerpo, lo que solemos hacer es tratar de mutilar nuestras multiples cabezas... solo que como la hidra, vuelven a nacer.

_WolfStrife_ dijo...

Con cautela sr. Cronopio.

Las reflexiones identitarias llevan inevitablemente a la locura.

Uno empieza desde unos marcos bañados con teorías no muy sólidas, y pasa a descomponer el relato identitario personal. Si el delirio lo permite, usted terminará estructurando su narrativa personal, estableciendo ciertas distancias con la experiencia vital.

Uno disfruta un whiskey. Preguntarse la razón por el cual es disfrutado aleja un poco de la delicia del whiskey, pero la transforma en otra delicia.

Pero con el relato personal no sucede del todo así. Uno marca ciertas distancias peligrosas que te hacen tener que conciliar (como si fuese un cuento, una novela u otro documento) en aras de la búsqueda de la coherencia.

Para ello, usted necesita un concepto. Un concepto poderoso que debe ser resguardado celosamente para que dirija el relato vital. Para que el relato sea coherente y la identidad sólida.

Pero dicha tarea esta destinada al fracaso. La única forma de que el relato termine siendo coherente es desde la ingenuidad personal y la mirada organizadora de un tercero que tome la responsabilidad de narrar su cuento. Si usted pretende activamente tomar las riendas de su destino, usted estará destinado a grandes cosas, o a una pequeña locura.

¿Usted quiere meterse en ese peo sr. Cronopio? ¿No sería más sencillo resguardarse en la ingenuidad, como en una dieta del espíritu, y vivir los pequeños milagros que sólo sorprenden a los ingenuos?

Sea conciente de sus reflexiones. No son sólo productos de la curiosidad o del ocio. Cada palabra pensada (y ni se diga de la escrita) es un peligro. Usted puede terminar de vivir un día de estos y pasar a una suerte de meta-vida, donde a la vez se es el narrador y el protagonista de una historia trágica.

Si a pesar de mi advertencia usted decide seguir revisando los misterios identitarios, pues llámeme un día. Le acompañaré con un whiskey en su locura.

Mientras tanto, un fuerte abrazo.

Cronopio dijo...

Estimada Ormuz (creo que eres tu la que escribe el comentario) y apreciado y siempre respetado Wolfstrife,

Gracias a ambos por los comentarios. Empiezo por manifestar mi acuerdo con Ormuz: nada tiene de interesante destruir a la hidra - léase buscar coherencia. Mucho mejor es saber que existe y dejarlas ser a todas ellas sin mayores angustias. Esa es la idea que quería plasmar en el post, de la mano del siempre venerado Cronopio mayor. Entiendo tu advertencia, apreciado Wolf, y la comparto a plenitud. No es mi intensión sumergirme en esas aguas tan profundas. Por el contrario, y quizá en esto he aprendido mucho de las charlas y whikies que hemos compartido de tanto en tanto, me parece más saludable dejarse llevar, entender lo que Cortázar llamada el "ingenuo realismo" y contentarse con saber que uno es una hidra, como Lucas, y que nuestra suerte es distinta a la de Heracles, que pudo con la suya.
El mundo se nos ha presentado así, fragmentado y sin sentido, por lo que no nos queda más remedio que asumirlo así. Quizá el arte es la mejor herramienta, el mejor escape, el mejor extrañamiento (cronopio dixit) para sacar la cabeza del agua de vez en cuando o para saberse mantener en el intersticio de esos mundo paralelos pero disímiles que son la vida que uno vive y la que está allá afuera.
Un saludo a ambos, con la promesa de seguir esta sabrosa tertulia en otros blogs más adeltante.
C.

Ceryle dijo...

Es un poco tarde, tengo sueño y no puedo seguir una discusión de semejantes profundidades "hídricas". Así que me limito a dejar un saludo, inclinado una de mis múltiples cabezas.

Cronopio dijo...

Estimada Ceryle,

¡Siempre un gusto tenerte de visita en el blog! Gracias por tu comentario.
Recibe un saludo hídrico y de cronopio.
C.

aka rcoll dijo...

Lindo post, Cronopiashion.

Siempre he pensado que esas cavilaciones del tal Lucas tienen mucho que ver con el peligro que desentraña verse en el espejo.

La hidra, después de todo, no es demasiado distinta a la rosa (rosa rosae) cuando vaga lánguidamente por el campo, en caso, desde luego, que existe algún campito con flores y que a la hidra le da gusto distraerse en esas rarezas.

Abrazo por allá.

Cronopio dijo...

Estimado Ro,


Gracias por el comentario. ¿Será por eso que Borges le temía tanto a los espejos? Buenísimo lo de la rosa. Un gran abrazo.