lunes, 17 de marzo de 2008

El Ibsen de siempre

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con un artículo de Ibsen Martínez como he disfrutado leyendo el de hoy. Así soy yo, me gustan las plumas afiladas, y creo que la de mi amigo Ibsen es una de las que más corta. He aquí un extracto. Si desean leerlo completo, sólo deben hacer click

***

Farruco y su rumba flamenca - Ibsen Martínez 
Tal Cual - 17/03/08

1.
¿Qué hay en un nombre? se pregunta Shakespeare en Romeo y Julieta (en el acto segundo, l escena 2: amanecí pedante).

¿De qué está hecho el misterio "performativo" (como diría uno de esos autores posmodernos que glosa Rigoberto Lanz) que hace que de un nombre se desprenda una imagen? Se me ocurre comenzar con esa cita isabelina y esa perplejidad estrictamente mía porque cuando leo o escucho la palabra "Farruco" me resulta sumamente dificultoso pensar en un ministro de la cultura.

La voz "Farruco" invariablemente suscita en mi mente la imagen de una tapa de callos con garbanzos servida en una tasca cutre de La Candelaria. Oigo decir "Farruco" y pienso de inmediato en el guitarrista flamenco de un tablao sevillano para turistas.

No me pasa lo mismo cuando leo, por ejemplo, "André Malraux, ministro de cultura de la IV República francesa". No pienso entonces en un funcionario degaullista, sino en L’Espoir o en las Antimemorias y, desde luego, en una frase de Malraux que viene mucho a cuento en estos días: "la cultura es lo que, en la muerte, continúa siendo la vida".

De igual forma, si leo o escucho decir "Pilar Miró", no pienso en la Directora General de Cinematografía española que en los años setenta logró la recuperación del Festival de Cine de San Sebastián, sino en la singularísima cineasta que dirigió de El crimen de Cuenca y aquel otro extraordinario film, El Perro del Hortelano, que en 1995 obtuvo siete premios Goya.

Lo dicho: me hablan de Farruco a secas e inmediatamente pienso en una fabada, aunque últimamente me ocurre que leo o escucho hablar de Farruco Sesto, así, con nombre y apellido, y pienso inmediatamente en Manuel Fraga Iribarne, el ministro de información y turismo del franquismo agonizante.

¡Eso es!: Farruco Sesto es nuestro Manuel Fraga, aunque un Fraga más bien desleído e inane: tiene la misma arrogancia gubernamental y la misma frágil epidermis ante la crítica y la disidencia que hizo famoso al longevo antiguo funcionario franquista, pero el nuestro no le iguala en talento para operar políticamente.

Es decir, igual que Fraga, a Farruco también le gustaría tener la última palabra. Lástima que el campo de su competencia ministerial esté todavía demasiado lleno de gente respondona, de actrices y directores de teatro, de artistas plásticos, de escritores, críticos y fomentadores del quehacer cultural; en fin, de gente individualista, difícil e insumisa. ¡Quién fuera como Fraga!, ¿verdad, señor ministro?, para sacarnos a todos de circulación con sólo una llamada a la Disip.