martes, 12 de diciembre de 2006

Destruyendo a Caracas



Se espera, escondido en el pasto,
a que una gran nube de la especie cúmulo
se sitúe sobre la ciudad aborrecida.
Se dispara entonces la flecha petrificadora,
la nube se convierte en mármol,
y el resto no merece comentario.
Julio Cortázar – Manera sencillísima de destruir una ciudadr


…therefore let us make the best of a bad matter;
and, as it is impossible to hammer anything out of it for moral purposes,
let us treat it aesthetically
and see if it will turn to account in that way
Thomas De Quincey



Un apreciado amigo suele decir – cuando hablamos de Caracas, de nuestros tiempos y de esa ilusión extraña que es el futuro – que antes de ponerse a pensar en la razones para irse de Caracas es aconsejable pensar en las razones que uno tiene para quedarse. Pienso inevitablemente en Julio, ese enormísimo cronopio que tanto nos ha enseñado sobre el humor y el arte de estar siempre un poco piantado, y veo en el consejo de mi amigo un dejo de sabiduría que pocos advierten y que muchos (incluyéndome, tristemente) suelen tomar a la ligera.

Ciertamente, nos encontramos en un momento histórico en los que no nos vendría nada mal sentarnos a esperar por esa nube especie cúmulo, armados con la flecha mitológica, para deshacernos rápidamente de esa hidra de mil cabezas que es hoy la ciudad capital de la república bolivariana (y por qué no, de muchos de sus habitantes). Probablemente, apreciado lector, esté UD. juzgándome y estrellándome en la cara una larga lista de adjetivos nada felices, pero la verdad es que ésa es la sensación que me embarga en este momento por lo que mucho desearía tener el arco cargado y listo entre mis manos, con la vista clavada al cielo esperando por la nube salvadora. Al fin y al cabo, la ciudad camina decidida hacia su fin, de mano de un grupo de gente sin escrúpulos, para quienes la basura se ha convertido en paisaje y entre quienes no se encuentra la menor señal de cordura y civilización (feas palabras las dos, lo sé, pero qué le voy a hacer).

De Quincey nos enseñó hace tiempo que cuando un hecho éticamente condenable ya ha pasado, no está mal acercarse a éste desde un juicio estético, (agrego, sin temor a repetirme, otra cita del inglés: “murder, for instance, may be lay hold of by its moral handle, (…) and that, I confess, is its weak side; or it may also be treated aesthetically, as the german call it, that is, in relation to good taste”) de modo que si Caracas ha de desaparecer, bien podría hacerlo aplastada por un mármol gigante de la especie cúmulo, para que al menos nos quedara algo que contar. Si se lo piensa bien, mi idea, lejos de presagiar o desear un desastre (aunque es un poco eso también), busca añadirle un toque de poesía a un evento que por mucho que nos esmeremos en negar ocurrirá tarde o temprano. Y es que mi amigo tiene razón, pues cuesta horrores conseguir razones para quedarse en Caracas, máxime si cuando uno lo intenta se tropieza en su mente con recuerdos vívidos de bazares putrefactos, personas (¿?) hacinadas, largas serpientes metálicas atascadas mutuamente, ruidos, ladrones y mejor paremos de contar. Si me preguntan a mi cómo lo haría, contestaría que aguardaría por el cúmulo desde la terraza de un edificio en Sabana Grande, lugar que es sin duda el epicentro del desastre o el cuello común de la hidra, para seguir con la metáfora. Con mucha paciencia esperaría a que el cúmulo se posara justo sobre la calle Negrín, y una vez allí, dispararía sonriente la flecha fatal. ¡Con cuanta alegría la vería caer sólidamente sobre la disminuida calle, aplastando todo y a todos los que por allí transiten! Hemos de morir, pero añadiremos una palabra al poema, diría mi apreciado Borges.