martes, 27 de febrero de 2007

Pie de Limón

Amelia abrió el viejo libro de tapas verdes y leyó de pura costumbre.

Ingredientes para la pasta

200 gramos de harina; ½ cucharadita de sal; 100 gramos de manteca vegetal helada (unos 6 ½ cucharadas); 1 amarillo de huevo; tres cucharadas de agua helada.

Amelia es muy ordenada, siempre lo ha sido. La masa es lo primero. Lo había aprendido de Aurora, su madre, que la paraba a su lado de frente al mesón y la vestía con un delantal que casi la doblaba en talla, repitiéndole sistemáticamente que la disciplina es la clave. “Sin orden no hay sabor”, decía para sí misma mientras ella la miraba con atención, siempre a su izquierda. Sobre la mesa estaba la harina, cuidadosamente almacenada en un jarrón de barro artesanal. La sal y el huevo reposaban juntos, sosteniéndose mutuamente. Amelia suspiraba y recordaba, casi sonriendo, sus largas horas en la cocina de la vieja casa de Los Chorros. En silencio buscó la jarra de agua y el pote con la manteca.

En la cocina no hay nadie, como desde hace un tiempo. La soledad le disgusta, aún cuando nunca estuvo realmente acompañada en sus quehaceres culinarios. Joaquín duerme todavía. De uno de los estantes saca un envase y con calma cierne sobre éste la harina mezclada con la sal. No tiene apuro, su ritmo es tranquilo, pausado, casi ceremonioso. Sus manos sobre el envase y su forma de cubrirlo con la harina y sal se asemejan a las manos de un sacerdote limpiando el cáliz después de la comunión.

Ya son las 5, pronto estará al aire el noticiario matutino.

De una gaveta extrae un mezclador, de esos que hoy parecen antiguos porque no tienen botones ni enchufe. Suspira. Toma el pote de la manteca y lo vierte en el envase perfectamente cubierto de harina y sal. Bate rítmicamente hasta lograr la mezcla arenosa. Recuerda a Aurora explicándole qué significa arenosa, porque ese calificativo podía usarse para describir el color pero también la textura, o ambas. Toma el huevo y lo parte en una tasa. Extrae solo la ñema – esa palabra es tan de Mamá – y la mezcla con el agua helada para luego añadirlo al envase. Con cuidado, siempre con cuidado de no amasar todavía.

En la calle ya se empiezan a oír los carros. Enciende el horno a 400 grados, precalentándolo como todas las mañanas. Ya sabe que estas no son horas de estar haciendo postres, pero es que a Matías le gustan tanto. Además, si Joaquín la ve en estos menesteres mientras el desayuna se molesta y la interrumpe rogándole que se siente a comer con él y que se deje ya de esas cosas que no son buenas para nadie. Siempre el mismo problema, todas las mañanas la misma discusión. Pero a Amelia no le importa ya y casi siente que a Joaquín tampoco. La costumbre termina por hacer común las más extrañas de las conductas, termina de hacer que las cosas parezcan haber estado a nuestro lado por años. Así lo siente ella; la costumbre como una coraza. La rutina como una ceremonia.

Se le está haciendo tarde. Por la ventana alcanza a ver el autobús escolar que es la señal inequívoca de que se acercan las 6 de la mañana. “Ya pronto empezará el noticiero” piensa nuevamente y suspira, apurándose para tener todo en el horno al momento del desayuno de modo que Joaquín no tenga manera de decirle que se deje de eso. De la despensa saca un rollo de papel encerado que extiende sobre el mesón de la cocina. Sobre el papel derrama la mezcla y sobre ésta extiende otro trozo de papel, que después aplasta lentamente con su rodillo hasta darle la forma circular adecuada con sus “treinta centímetros de diámetro Amelia, ni uno más ni uno menos; y asegúrate de que tenga por lo menos uno de espesor”, recuerda nuevamente con los ojos fijos sobre la ventana.

Cuidadosamente para no romper el papel, lo arranca de la masa como si arrancara una cicatriz. Sobre la superficie desnuda y lisa coloca el molde circular boca abajo y ayudándose con el papel que separa a la masa de la mesa lo gira para colocarlo boca arriba nuevamente.

–Ya el horno debe estar caliente– piensa mientras forra el interior del molde con la masa, cuidando dejar siempre un poco fuera, “porque encoje Amelia y si no dejas suficiente masa afuera echas a perder todo”.

Enciende el radio y se asoma a la calle a través de la ventana. Hay poco tráfico todavía y la radio todavía está transmitiendo esa música somnífera de la madrugada. Abre el horno y coloca lentamente el molde en su interior.

Ingredientes para el relleno

1 ½ tazas de azúcar; 8 cucharadas de maizena; 2 tazas de agua hirviendo; 3 amarillos de huevo ligeramente batidos; ½ taza de jugo de limón (preferiblemente tipo europeo); 1 ½ cucharada de concha de limón rallada; ¼ de cucharadita de sal; 3 gotas de colorante; vegetal verde; 3 claras de huevo; 6 cucharaditas de azúcar, ¼ de cucharadita de sal.

En los veinte minutos que le toma a la masa estar lista, Amelia prolijamente fue colocando los ingredientes uno a uno sobre el mesón ya limpio después de la mezcla de la masa. Casi alfabéticamente se podían ver alineados a las jarra de agua tibia (que haría hervir en el microondas para ganar tiempo), el azúcar, el potesito diminuto de colorante, las conchas de limón ralladas (guardaba en un pote arroz chino muchas conchas ralladas para tenerlas a la mano todas las mañanas), los huevos, el jugo de limón.

Enciende la hornilla y sobre ella coloca una olla pequeña con suficiente aguar para hacer un baño de María. Mirando fijamente la ventana y el alba, espera a que esta hierva. En el segundo piso se escucha el agua de la ducha que empieza a correr. El ruido del agua la saca de su breve estupor y Amelia como por reflejo toma otro envase de su estante. Coloca en éste azúcar y maicena y vierte luego dos tazas de agua hirviendo que había llevado a ese punto en el horno microondas. Usando el mismo batidor de la masa, revuelve rápidamente, buscando mezclar bien no fuese cosa de que quedara grumosa, por ella sabía cuando detestaba Matías eso. En el segundo piso, Joaquín canta desafinadamente en la ducha. Con el envase dentro de la olla, cocinándose hasta casi hervir, Amelía se dispone a preparar la mesa para el desayuno. Unos huevos fritos y listo – piensa sin culpa alguna – Total, a él ya poco le importa. Lo único que quiere es que yo me deje de esto y así irse temprano al trabajo.

Con cuidado, saca el envase del baño de María, pasando su contenido a otra olla y colocando ésta sobre una nueva hornilla encendida a medio fuego. Espera poco tiempo para invertir el proceso. En apenas 3 minutos el contenido está nuevamente en el envase que otra vez sumerge en el baño de María. El ruido de la ducha ya cesó y Amelía mezcla con vigor el resto de los ingredientes. Primero las ñemas, seguidas del jugo con las conchitas de limón y finalmente la sal.

- Joaquín debe estar cambiándose – piensa – menos mal que le planché todo anoche. No soportaría otra descarga de reproches acerca del desorden de la casa, de la desatención y no sé cuántas cosas más que me dice cada vez que se molesta.

Retira la olla del fuego y con parsimonia vierte en ella el colorante vegetal. Limpiando un poco la repisa coloca la olla sobre un trapo y lo deja enfriando.

- Buenos días Amelia – escucha de espaldas mientras bate las claras en un envase largo y rectangular, cuidando formar pequeños picos nevados, como pequeñas cordilleras de nieves perpetuas.

- Buenos días – responde sin dejar de batir.

- ¿Otra vez tu con eso?

- Si, otra vez. Ya me conoces.

- Te dije que te dejaras de eso. No entiendo para qué sigues torturándote.

- No es una tortura. A Matías le encanta, ya lo sabes.

- No seas cruel Amelia. Ya es suficiente. Vamos para seis meses en este asunto todas las mañanas. No nos hace bien a ninguno de los dos.

Amelia no contesta. Ni siquiera se da vuelta para mirarlo.

- Tus huevos estarán listos en unos minutos. En la nevera hay jugo natural, creo que de naranja, pero puede ser de parchita, ya no me acuerdo. Pruébalo a ver.

Mientras enfría el relleno prepara en la hornilla que dejó libre dos huevos fritos. Los sirve sin mayor cuidado a Joaquín que prueba el jugo y dice para si mismo que es parchita, no naranja.

Mientras Joaquín desayuna, Amelia saca el molde con la masa del horno y derrama el relleno con cuidado. Al terminar lo introduce nuevamente en el horno.

- ¿No vas a comer nada? – pregunta Joaquín resignado.

- No tengo hambre. Más tarde comeré una fruta o algo.

- El noticiero debe estar por empezar – dice él como participando del rito.

- En 5 minutos – agrega ella con la voz como un hilo.

Joaquín termina sus huevos y mojando un trozo de pan en el plato le dice:

- Debo irme. Me llamas cualquier cosa por favor.

- Ve tranquilo. En 20 minutos estará listo el pie. Es un poco tarde, pero estará listo para cuando Matías llegue.

- Si, supongo – dice Joaquín levantándose y besándola en la nuca. Ella no responde. Mira la ventana fijamente.

Al terminar el noticiero, Amelia saca el pie ya listo del horno. No hay novedades. Joaquín ya debe estar en el taller. Amelia se sienta sola en la cocina mirando el pie que se enfría sobre la ventana. Sabe que Matías no llegará hoy, pero igual espera. No le queda otra cosa que esperar. Como ha hecho desde la mañana siguiente a la noche que se lo llevaron sin razón alguna. Desde entonces han pasado 184 días.

Cuando venga, comeremos juntos su postre favorito – piensa serenamente -. Porque debe llegar a mediodía, cuando terminan las clases del primer turno en la universidad.

Cuidadosamente lava los envases y la olla, organizando todo para la mañana siguiente. Guarda los ingredientes sobrantes del pie en la nevera y saca del congelador una pieza de pollo. Joaquín viene hoy a almorzar y no le gusta comer recalentado.